“No puedo vivir sin los dulces…” o “Hay momentos en los que necesito comer ciertos alimentos (pan, yogures .)” son frases que se escuchan con frecuencia en la consulta del nutricionista o del psicólogo.
Se trata de casos en los que uno cree que sufre una verdadera adicción por comer ciertos alimentos, porque se siente incapaz de frenar el deseo de comerlos, aún sin hambre.
Los expertos aseguran que no existen alimentos que contengan ingredientes adictivos, sustancias naturales que nos “enganchen” a su consumo habitual y excesivo. No obstante, las personas percibimos que ciertos alimentos poseen alguna cualidad adictiva que nos hace sentir que no podemos vivir sin consumirlos habitualmente.
¿Es ésta una cuestión de ingredientes del alimento o se trata de una creencia de quien lo consume?.
Los expertos afirman que no existe actualmente evidencia científica que nos permita afirmar que existen alimentos adictivos, sino más bien una adicción a comer, cuyos criterios diagnósticos se han incluido recientemente en la última edición del Manual de Trastornos mentales de uso a nivel internacional (DSM-V). Sin embargo, el cuestionario de validez científica que se usa para el diagnóstico (cuestionario YFAS) está basado en antiguos criterios de comportamientos adictivos relacionados con sustancias (anterior DSM-IV) y, por tanto, todavía debe ser revisado para ajustarse a la más reciente guía de diagnóstico.
Sabemos, además, que se han encontrado similitudes en los perfiles de estructura cerebral y neuroquímico entre sujetos dependientes a sustancias y comedores abusivos o “adictos a la comida”. Entre estas similitudes se incluyen:
– Anormalidades en los sistemas de neurotransmisión de Dopamina y Opioides
– Cambios en los Circuitos de Recompensa del cerebro
Existen estudios que han identificado que aquellas personas con riesgo de presentar problemas de obesidad o atracones muestran una reducción en la disponibilidad de receptores de dopamina en el sistema de recompensa; lo que, a su vez, los hace más impulsivos y vulnerables a estímulos placenteros (como es la comida)
Mientras tanto hacemos a continuación recopilación de una serie de especulaciones sobre el posible origen de dicho comportamiento adictivo de la alimentación.

A- Los “alimentos confort” puede parecernos que nos “enganchan”. Los alimentos poseen un valor nutricional al que se puede unir otro emocional, que puede variar para distintas personas según sus experiencias a lo largo de la vida entorno a ese alimento en concreto. Para entenderlo haremos uso de un ejemplo, las natillas que la abuela nos hacía a nosotros en exclusiva cuando la visitábamos en el pueblo. Ella sabía que era nuestro alimento favorito y nos lo hacía con gran cariño. Aquellas natillas no sólo nos alimentaban nutricionalmente con sus proteínas, calcio, azúcares, etc… sino que nos daba alimento para el alma. Aprendimos que las natillas de la abuela están cargadas de su cariño y todavía, años tras haberla perdido, el comer natillas u otros alimentos dulces nos hace sentirnos queridos y cuidados. Muchas personas recurren a los alimentos para saciar su hambre de emociones positivas, como afecto o cariño. Este es el caso de los “alimentos confort” y si una persona no encuentra otras formas de saciar su necesidad de afecto, sentirá que es “adicta” a su “alimento confort”.

B- También cabe la posibilidad de que una persona sienta una “necesidad” irremediable de comer ciertos alimentos debido a alguna idea irracional, creencia familiar o tradicional relacionada con dicho alimento.
En definitiva, ideas que almacenamos en nuestra mente y nos llevan a consumir un alimento sin poder evitarlo, con esa sensación angustiosa de falta de control. También entenderemos mejor este caso usando unos ejemplos muy populares. “Yo sin el café de la mañana no soy nadie” es una afirmación basada en tradiciones y costumbres, esa persona seguramente no ha comprobado si sobreviviría sin café unos días… “Hay que comer con pan” es una creencia familiar que a muchos nos han inculcado desde pequeños pero carece de un fundamento dietético. No es necesario comer con pan, de hecho el pan no es imprescindible en nuestra dieta, si en ella incluimos otros alimentos con alto contenido en hidratos, como patatas, legumbres, cereales…

C- Por otro lado, existen 3 nutrientes o alimentos que los contienen que por dos motivos principales nos resultan altamente atractivos e incluso nos resultan difíciles de evitar:
– su escasez en la historia lejana del ser humano.
– ser esenciales para nuestra supervivencia. Éstos son el azúcar, la sal y la grasa o los alimentos que los contienen. Aunque son estudios hechos con animales de los nutrientes aislados (glucosa, sodio y ácidos grasos) los que explican sus características adictivas, los expertos exploran el posible origen de su atractivo irremediable desde distintos puntos de vista que exponemos a continuación.

AZÚCAR 

El azúcar y aquellos alimentos de sabor dulce que lo contienen son los protagonistas de la mayor parte de las expresiones como “hay momentos en los que necesito…” y por varias razones esto es así, nuestra genética, su sabor amable, la respuesta fisiológica de nuestro organismo tras su consumo y otras variables que veremos a continuación son las que garantizan el éxito del azúcar. 

Desde el nacimiento el ser humano tiene una predilección por el sabor dulce. Nuestras papilas gustativas entonces sólo admiten este sabor y rechazan desde la más tierna infancia el contrapuesto: el amargo. El cerebro desincentiva lo amargo desde el embarazo porque los venenos o sustancias tóxicas suelen tener ese sabor. 

Hay que tener en cuenta que, para la supervivencia del ser humano, no intoxicarnos ha sido más prioritario incluso que conseguir energía, por ello tenemos más receptores del sabor amargo en papilas gustativas que del sabor dulce. 

Encontramos el sabor dulce en el único alimento que nuestro aparato digestivo está preparado para digerir al nacer: la leche materna. 

Otra de las teorías que se barajan sobre el porqué de nuestra predilección por el dulce, está basada en la hipótesis de que dado que nuestra genética no ha variado tanto desde la Edad de Piedra, sentimos todavía que el dulce escasea a pesar de tener las despensas y neveras a rebosar de alimentos con este sabor. 

Vamos a remontarnos a la situación del hombre en aquella época para entender el porqué de esta hipótesis. Aunque la mayor parte de los hidratos de su dieta serían hidratos de carbono lentos (almidones) acompañados de fibra (celulosa, pectina), también ellos consumían esporádicamente alimentos con hidratos de carbono de absorción rápida, con su distinguido sabor dulce. Aunque esto era así, su acceso al dulce era muy limitado, de hecho apenas dos alimentos dulces estaban a su alcance: la fruta madura y la miel. 

Raro era encontrar un árbol cargado de higos o un panal de miel, así que si lo encontraban comían de golpe tanto como pudieran, antes de que otros lo hicieran. La suposición es que nuestro instinto de hartarnos de dulce cuando lo tenemos a disposición sigue desde entonces profundamente arraigado en nuestros genes. 

En la actualidad, a pesar de que vivimos en apartamentos de edificios de muchos pisos y con frigoríficos y despensas a rebosar de comida dulce, nuestro ADN piensa todavía que estamos en las cavernas y solemos atiborrarnos de dulce sin consumir las calorías extra que éstos aportan a nuestra dieta. Sin embargo, mientras antiguamente el coste energético de conseguir estos alimentos era muy elevado y se consumía raramente (fruta silvestre 7g azúcar en 100gr), ahora podemos tenerlos en la boca sin gastar ni una caloría para conseguirlos. Hoy en día es suficiente con sentarse en el sofá y hacer la compra por teléfono o internet o conducir nuestro coche y, sin bajarnos de él, comprar en un drive-in el helado o las cookies. 

Y es que hasta hace solamente 250 años en Europa el azúcar era llamado “oro blanco” por su escasez y apreciado sabor, y su origen era básicamente la caña de azúcar, cultivada en zonas con clima tropical. Desde la revolución industrial la producción de azúcar se ha extendido a otras áreas, ha aumentado y ha mejorado la posibilidad de distribuirlo. De ahí que la cantidad de azúcar que consumimos actualmente se haya multiplicado por 10. En este momento, se estima que cada persona consume una media de 110gr de azúcar al día. 

Otra de las razones que se barajan como incentivo para consumir azúcar, es que tenemos el umbral de saciedad para los alimentos dulces más alto que para los demás sabores, es decir, que 500kcal de alimento dulce nos llenan menos que las mismas pero de un alimento no dulce. Como ejemplo, puedo comer un bollo de 500kcal y no me siento en absoluto saciado, sin embargo como un filete de carne del mismo contenido calórico y me siento lleno. 

Por otro lado, está comprobado que el sabor dulce se relaciona con los circuitos de recompensa cerebrales. Ingerir alimentos dulces aminora el dolor, porque estimula la segregación de endorfinas en el cerebro. Es decir, al comer dulces uno se siente mejor. No nos extrañe entonces, que cuando sentimos cualquier incomodidad nos alivie un dulce… como dice el refrán: ¿A quién amarga un dulce?. 

EL ACEITE O LA GRASA 

A parte de que la grasa y el aceite aportan buen sabor y palatabilidad a la comida, resulta que este macronutriente es el de mayor contenido calórico que existe. Las grasas y aceites aportan 9 kcal/gr frente a las, tan sólo, 4kcal/gr que aportan los hidratos y las proteínas. 

Dado que nuestra genética nos induce a sobrevivir, aquel alimento con mayor contenido calórico va a estar entre los más atractivos para consumir. Con la misma cantidad de grasa obtengo el doble de energía que con las proteínas o hidratos. 

LA SAL 

La sal y todos los alimentos que la contienen suelen estar también entre los favoritos de muchas personas, e incluso para algunos suelen ser irresistibles. Cuando uno empieza a comer cacahuetes o aperitivos salados, suele tener dificultad para limitar la cantidad que come. 

Entre las razones que se barajan para explicar el gran atractivo de lo salado es su contenido en sodio. El sodio no se puede almacenar en el cuerpo y, sin embargo, se trata de un mineral esencial para nuestra supervivencia dado que su equilibrio en cantidad con otros minerales en el organismo es esencial para mantener la homeostasis corporal.